Darlah 172 Horas En La Luna Epub To Pdf Verified -
Tres meses después
Las probabilidades eran de catorce millones a una. Pero las matemáticas a veces son crueles y caprichosas.
Mia, Midori y Antoine se encontraron de pie frente a las puertas de cristal del Centro Espacial Johnson en Houston. No se parecían en nada. Mia, con su actitud defensiva y su pelo teñido de negro. Midori, etérea y callada, con su mirada perdida. Antoine, guapo pero con los ojos tristes, arrastrando los pies como un fantasma.
—Merde —dijo Antoine, mirando el enorme cohete Saturno V expuesto en la entrada—. Esto es real.
—Obviamente —respondió Mia, cruzándose de brazos para ocultar que le temblaban las manos—. Si es una broma, tiene un presupuesto de mil millones de dólares.
Un hombre con traje y gafas de sol se acercó a ellos. Llevaba una tarjeta de identificación que decía "Seguridad". —Señorita Mia Nielsen, señorita Midori Yoshida, señor Antoine DeWitt. Síganme. El Director los espera.
Los llevaron a una sala de reuniones estéril y blanca. Allí estaban los dos astronautas profesionales que acompañarían a los chicos: la comandante Sarah Stang y el piloto James Reiter. Stang tenía la mirada de acero de alguien que ha visto el vacío espacial y no le ha asustado.
—Bienvenidos a Houston —dijo Stang, sin sonreír—. A partir de este momento, sus vidas nos pertenecen. Tienen tres meses para convertirse en astronautas. Y no, no vamos a ser su niñera. Si no pueden con el entrenamiento, los dejamos en la Tierra. ¿Entendido?
Los tres asintieron.
El entrenamiento fue brutal. Simuladores de gravedad cero que les hacían vomitar hasta el alma. Ejercicios de supervivencia en el océano. Horas de estudio sobre sistemas de soporte vital y geología lunar.
Mia odiaba el esfuerzo físico, pero descubrió que era buena en la mecánica. Le gustaba entender cómo funcionaban las cosas, probablemente porque las personas nunca tenían mucho sentido para ella.
Antoine sufría en silencio. Cada noche miraba su teléfono, esperando un mensaje de París que nunca llegaba. Pero poco a poco, la inmensidad de lo que estaban a punto de hacer comenzó a eclipsar su pena. darlah 172 horas en la luna epub to pdf verified
Midori era la más extraña. No se quejaba. Se sentaba en los simuladores con una calma inquietante. Durante las clases, dibujaba en su cuaderno. Dibujaba rocas. Dibujaba cráteres. Dibujaba una base que nadie les había mostrado aún.
—¿Qué dibujas? —le preguntó Mia una noche en la residencia.
Midori levantó la vista. Sus ojos eran oscuros y profundos. —La base Darlah. La vi en un sueño.
Mia se estremeció. —No seas tenebrosa, Midori. Solo es un edificio en la Luna.
—No —dijo Midori, volviendo a su dibujo—. Es algo más. Algo antiguo nos espera allí.
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Oslo, Noruega
Mia estaba tumbada en su cama, mirando el techo. Su habitación era un santuario de una banda de rock que se había separado hace diez años. Pósters rasgados, guitarras sin usar y una sensación de estancamiento permanente.
Su madre llamó a la puerta. —¿Mia? ¿Estás bien?
—Déjame en paz —gritó Mia, aunque no con demasiada furia. Solo estaba cansada. Cansada de Oslo, cansada de su vida aburrida, cansada de ser la chica rara del instituto. Tres meses después Las probabilidades eran de catorce
Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Un mensaje de su mejor amiga, o al menos, la única persona que le hablaba en el instituto. "¿Has visto la noticia? La NASA ha perdido la cabeza."
Mia abrió el enlace. En la pantalla apareció un logo oficial. Una lotería global. El premio: un viaje a la Luna.
Mia soltó una carcajada seca. —Claro. Como si fuera a pasar.
Pero algo en su interior, una pequeña chispa de curiosidad morbosa, la impulsó a hacer clic en "Inscribirse". No tenía nada que perder. Probabilidades de ganar: una en un billón.
Rellenó el formulario con datos falsos, poniendo una edad distinta, cambiando su nombre ligeramente. Era una broma. Solo una broma interna para pasar el rato.
Cerró el teléfono y se tapó los ojos con el brazo. El silencio de la habitación era ensordecedor.
Midori no podía dormir. La base hacía ruidos extraños. Golpes. Susurros metálicos. Se levantó y fue al módulo central. Allí vio a la comandante Stang hablando por una radio antigua, una línea que no debería existir.
—Están aquí —decía Stang—. El sujeto 172 ha despertado. Sí, los tres están dormidos. Entendido. Procederemos mañana.
Midori se heló. ¿Despertado? ¿Qué había despertado? Retrocedió y tropezó con una caja de herramientas. El ruido resonó en el silencio de la base. Stang se giró. Su rostro era una máscara de hielo.
—Midori. Deberías estar durmiendo.
—¿Qué está pasando? —Midori notó que el aire se volvía más denso, como si la atmósfera estuviera cambiando—. ¿Qué es el sujeto 172? Al buscar frases como "darlah 172 horas en
Stang suspiró y cerró el puño. —En 1972, el Apolo 17 encontró algo en un cráter cercano. No era una roca. Era una estructura orgánica. La trajimos aquí. La encerramos en la sección prohibida. Y ahora... parece que te ha notado.
De repente, las luces de la base parpadearon y se apagaron. Solo quedaron las luces de emergencia rojas, bañando todo en un tono siniestro.
—¡¿Qué fue eso?! —gritó Antoine por el intercomunicador, despertando en su habitación.
—Vistanse trajes —ordenó Stang, su voz ahora urgente—. Ahora. La atmósfera de la base está comprometida.
El sonido de metal rasgando metal resonó en las paredes. Algo estaba intentando entrar. O salir.
Mia corrió hacia la sala de control. Allí encontró a Reiter inconsciente y a Stang intentando sellar una puerta blindada. A través de la ventanilla de la puerta, Mia vio algo que su cerebro se negó a procesar.
No era un alienígena verde. Era una sombra. Una sombra que se movía con voluntad propia, que se desprendía de las paredes. Y tenía ojos. Ojos que reflejaban el vacío del espacio.
—¡No mires! —le gritó Stang a Mia.
Pero Mia ya lo había visto. Y la sombra la había visto a ella.
—Tenemos que irnos —dijo Mia, con voz temblorosa—. Ahora.
—El módulo de escape está en la otra punta —dijo Stang—. Tendrán que pasar por la sección prohibida.